Mucho orgullo y pena me da el recordar y compartir, que las grandes civilizaciones de este recóndito sector geográfico, no conocían ni Perú ni Chile, sino la Pachamama, Mamacocha, Inti (Taita Inti) entre otros; ni menos se imaginaban la actual Latinidad y una herencia causada de varios choques que forjaron un nuevo lenguaje y aspiraciones pseudo-americanas, sin embargo, sí reconocieron y no transaron, el valor intrínseco en la raza, la virtud de la razón y el equilibrio en el habitar, reflejada en el amor y el tratado al paisaje (de ahí viene el término País).
Ya desde la Revolución Industrial, el concepto de “progreso” se vincula a un grado de producción donde el desarrollo de la herramienta, ha ido en aumento proporcionalmente a la inversión energética que requiere para su manutención y existencia; sobre aquel principio impregnado en nuestra generaciones, donde la obsolescencia es un deporte colectivo e inconsciente, las decisiones políticas y el criterio jurisdiccional, aumenta y re-dibuja bajo su anterior contexto legal, los límites lícitos de acción, prevención y guía. Así, paulatinamente, cada modo y objeto, adquiere un precio a costa de su valor, transformando la Educación, la Salud, el Sistema de Transporte, y entre otros, en un bien privado, de una elite y de creciente costo.
Inconscientemente, y a justo modo de supervivencia, el Territorio, con mayor razón se ha vuelto un bien que alimenta el desarrollo de un país (curiosamente medido por PNB) donde la explotación del Cobre, en el caso de Chile, ha servido en gran medida para lo que hoy somos (no pretendo dar juicio de la realidad nacional o “tema país”), y fue argumento válido para una guerra donde el “ganador” se “apropiaba” y extendía sus límites legales a fin de ganancias y el arreglo de bigotes con lingotes. Esto es mío, y eso es de uds; así terminó la guerra con Perú y Bolivia, sumado a un recelo y encuentro de emociones opacados por el cuadro estadístico del crecimiento, seguido de un golpe de estado, terrorismo, y una vuelta curiosa hacia la Democracia, donde, sea por populismo o no, nos vemos envueltos en una re-interpretación bipolar en el tratado de la Concordia.
Y aquí yo me pregunto ¿Qué se espera de la Haya? no más que una restricción legal que, probablemente, incremente el recelo por la decisión y termine en un palabreo (nuevamente) mediático donde debería quedar porfiadamente definido donde termina cada país. Y entre tanta crítica hacia los Sistemas, y un intento por cambiar el sentido de lo que por “Chilenos” entendemos, el criterio jurisdiccional es una de las tantas claves que puede legislar, a favor de entender el terreno y país como un espacio habitable, propio de nadie sino de todos, donde el marco legal, en vez de restringir los espacios, acuerda, comparte y reabre para la interacción que controla los excedentes y concientiza que el daño al otro, es daño a nosotros mismos.
No espero más, que el fallo de la Haya, sea otro fallo o error al reajuste ideológico que concluye en alimentar y restringir una pugna inútil de seguir apreciando (de precio, lucas) la tierra, en vez de valorar (de valor al conocer su esencia e importancia) la Pachamama, como las grandes civilizaciones lo hacían.